La nave de los locos

Ya en la reseña anterior, tomando como punto de partida el libro La gran transformación. Panorama del sector del libro 2012-2015 ¹, comprendimos algunos de los cambios que cercaban los contenidos de la obra literaria. En la presente reseña nos centramos en una cuestión propuesta en el capítulo 2, donde se analiza la evolución del contenido del libro hasta llegar al espacio digital y conquistar junto al lenguaje audiovisual toda una suerte de público variopinto.  La cuestión que en el texto se propone para crear un debate a posteriori se expone de una forma muy peculiar, que, a mi modo de ver, dice mucho del mundo en que nos movemos y que vamos a analizar: «Los cambios de hábitos en los consumidores provocados por los avances de la tecnología». Está claro que todos hemos comprendido lo que se nos pregunta aquí. En síntesis: qué tipo de libros leen los lectores de hoy, ¿digitales?, ¿analógicos? Sin embargo, detengámonos un momento en el aspecto léxico del enunciado. Ahora los lectores son los consumidores. Esto es afirmar que el mundo de la cultura es parte del mundo de la consumición, y en consecuencia de la producción. Términos capitalistas. Y siguiendo el mismo razonamiento, la ideología neoliberal basa la producción en más producción. No en otros objetivos como la formación o el placer del consumidor, en su complacencia.  Dicho esto, y aceptado por toda una mayoría de lectores el hecho de su condición de consumidores (piénsese en ejemplos de centros comerciales donde ele libro es un producto más) me resulta bastante razonable sostener que de la misma frase se pueden sacar las conclusiones requeridas. Es decir, si uno afirma que el lector es un consumidor, significa que el hábito de lectura es igual a un hábito de consumo.  Y no me refiero al consumo placentero que busca el éxtasis espiritual, -entiéndase la explicación anterior respecto al objetivo de la producción- sino a algo etiquetado consumido y que deje el vicio para la siguiente hamburguesa.

Por otro lado, el hábito del nuevo lector está ligado ínfimamente al tipo de realidad que lo envuelve. La sobreestimulación publicitaria, la fragmentaridad de nuestro punto de vista afectada por el hábito de lectura de noticias en formatos como Twitter y otras redes, son actitudes que moldean en gran medida el hábito del sujeto contemporáneo.  De hecho, esta nueva subjetividad se defiende como la correcta en los ámbitos educativos. Ya en la secundaria, algunos colegios e institutos  han cambiado los libros por tabletas I-Pad; en otras palabras, se ha tomado la cultura como un objetivo más a comprender desde el prisma digital. En el capítulo 2 se plantea que el libro requiere de un esfuerzo intelectual frente a otras posibilidades. No es la primera ni la última vez que se plantea esta cuestión. Como todos sabemos, ya en el segundo Concilio de Nicea los dirigentes del Cristianismo –partidarios de la iconofobia respecto a lo divino-  se percataron de la funcionalidad de las imágenes para inculcar la religión frente a las simples palabras que no todos podían comprender o simplemente leer; con lo que se pasó a representar la divinidad, dejando de lado el pensamiento contra-imaginativo, que quedó patente en otras religiones paralelas como el Judaísmo o el Islam.  A esto se refiere el artículo con el “esfuerzo intelectual”. La lectura no es segura, mientras que las más de las veces la imagen lleva directamente al referente y no plantea problemas a priori.  Una palabra debe descifrarse; una imagen no. Una palabra tiene que conocerse para representarse; la imagen parece representarse a sí misma. Una palabra depende del idioma. Las imágenes usan un lenguaje universal. En una palabra, una imagen vale más que mil palabras. Ahora bien, vale más, sirve más. Es más útil, más dinámica, más productiva, más comercial, más actual. Todo en el mundo digital está basado en las apariencias. Es decir, muchas palabras cansan, pocas palabras e imágenes equilibradas, bonitas y agradables hacen que el lector digital se quede en un sitio web. Por otro lado, espero se me permita abrir un paréntesis ante el término lector. Un problema que ya llevo arrastrando en trabajos anteriores. Personalmente, parece que  cada vez más seamos deficientes lingüísticamente. Y tiene gracia que lo diga alguien que es -o aspira a ser- proyecto filológico. Pues, llamar lector a un sujeto que al mismo tiempo  lee, escucha música de lo que lee, ve imágenes, videos u oye el texto, parece inadecuado. Hipogrifo el libro, hipogrifo el lector ¿No te parece? Quizá lo más adecuado y homérico sea llamarlo internauta.

El problema del avance tecnológico es precisamente que es el avance tecnológico. No el humano. Este  es el último dato de la ecuación; va sometido a la maquinaria del tren. Con todo, el hábito del sujeto, del internauta, va arraigado a la amenaza de la tormenta. Obviamente es difícil resistir la tempestad sin someterse a una ley en este mar de nuestra modernidad. No es sencillo mantener el ojo crítico que nos permita no dejarnos engullir  por la superficialidad. Aunque suene pueril, yo creo en el paraíso perdido que se concede con la literatura, con la lectura, con la TURA cortazariana. Son llaves y direcciones hacia esta isla. Todo lo demás son falsas promesas y distracciones del momento presente: la tormenta. Supongo que solo unos pocos (o quizá hoy en día no sean tan pocos) tienen la gran suerte y reciben la suficiente educación, teniendo además una sensibilidad válida para poder acercarse a la TURA. En cualquier caso, pienso que no existe razón por la que abandonar la nave del saber, sabiendo de un destino como el de la libertad.


  1. Laboratorio de ideas sobre el libro, La gran transformación. Panorama del sector del libro 2012-2015, (2012),Madrid.
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